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Mirarse ante el espejo. Estética e identidad de las mujeres con cabello afro.

Conferencia impartida el 3 de junio de 2015, 3: 30 pm, en el Salón de Mayo del Pabellón Cuba como parte del proyecto de la artista Susana Pilar Delahante Matienzo Lo llevamos rizo (Exposición Between, Inside, Outside, 12ma Bienal de La Habana)

I

Cuando pensaba escribir estas líneas me exigía a mí misma, no contar mi experiencia personal; pues uno de los elementos que tipifica la bibliografía consultada es el profundo carácter autorreferencial y anecdótico de los textos. Todos ellos, escritos en su mayoría por mujeres, describen los procesos culturales e históricos mediante los cuales ellas han conformado su identidad y consecuentemente, su imagen. Más, me resultaba de gran interés hallar historias comunes, experiencias de vida que visibilizaban una problemática existente tanto en África como en su diáspora. Siendo así, por qué no compartir mis vivencias y con ello agregar al libro de los nombres de nuestras predecesoras, otro ejemplo de liberación.

Por esta fecha, hace ya un año, decidí cortarme el cabello y dejar que me creciera natural. Hasta ese momento, había sufrido los embates del desriz de potasa y las “ventajas” de una larga cabellera a base de extensiones. Recuerdo que cuando me aparecí con aquellos pelos falsos, una amiga mía –más avispada en estos temas que yo- me dijo que para qué me había puesto aquello, que por qué no me dejaba mi cabello natural. Para mí no existía esa posibilidad. Desde los tres años mi mamá me alisaba y si bien de chiquita no tenía conciencia de ello, si recuerdo que ya de grande no existía para mí mayor tortura. Las extensiones eran una vía de escape, un medio que me liberaba del odiado desriz. Sin embargo, no era capaz de sentirme cómoda conmigo misma. Algo me faltaba o más bien, me sobraba y como un acto de exorcismo me levanté un día y me corté el pelo. Aquello fue un escándalo en la familia, pero para mí, marcó el inicio de otra etapa.

Para las mujeres negras o de ascendencia negra el alisamiento del pelo es un ritual[2] anhelado desde temprana edad. Cuando pequeñas nuestras madres nos trenzan el cabello como símbolo de la infantil inocencia, mientras entre jalones y tirones se nos inculca que “para lucir hay que sufrir”. Nuestra obsesión por el cabello se expresa en la medida que lo consideramos nuestro adversario, un problema a resolver, una parte de nuestro cuerpo que debe ser controlada.  Sin embargo, no proporciona su aplacamiento una mayor tranquilidad, sino que las preocupaciones y/o tensiones aumentan en aras de mantenerlo ordenado y que las otras personas no presten demasiada atención hacia él. Consecuentemente, se suceden diversos tratamientos –variables en cuanto nivel de sofisticación, precios, así como perjuicios capilares- que constituyen un mercado lucrativo para aquellos que se aprovechan de las inseguridades de las mujeres y los hombres con cabello afro.

El miedo a reconocerse con los rizos naturales es disimulado con justificaciones pueriles como: se necesita mucho trabajo para peinarlo o no me va a quedar bien porque mi estructura facial no es apropiada. No obstante, en el fondo se esconde el temor a perder la aprobación y el respeto de otras personas, pues los patrones estéticos del canon blanco occidental, permanecen arraigados como el deber ser en el imaginario social.

Al respecto, huelga señalar algunas consideraciones de Pierre Bourdieu sobre las oposiciones binarias mediante la cual se estructura el pensamiento: grande/pequeño, afuera/adentro, razón/sentimiento, hombre/mujer, cultura/naturaleza, blanco/negro, et. alt.  Estructuras cognitivas que, al decir del autor, se traducen en “esquemas no pensados de pensamiento” que entrañan relaciones de poder y donde la acepción dominante/dominado se concibe como natural. En este sentido, la discriminación racial no se expresa de manera directa e inmediata sino que se refieren prácticas camufladas y leves que por sutiles comienzan a impregnar el entretejido social: ella es negra por fuera y “blanca por dentro”, mulatica de “pelo bueno”, vamos a “pensar como los blancos”, etc. Estas frases son escuchadas constantemente en el argot popular sin que los emisores ni los receptores logren desentrañar en ellas un racismo inoculado; debido a que los contenidos asignados y asumidos generan un saber cotidiano[3] cuya rutina e interacción ordenada con las diferentes personas permite tomarlo como una verdad dada (Representación social). Dice bell hooks[4] que “aunque las mujeres negras con pelo lacio eran percibidas como más hermosas que las que tenían el pelo grueso, rizado, eso no era relacionado abiertamente con la idea de que las mujeres blancas eran un grupo femenino más atractivo o de que su pelo lacio establecía un patrón de belleza que las mujeres negras estaban luchando por llevar a la práctica”.[5]

Desde esta perspectiva, sería arbitrario atender solo el componente social y no también el psicológico pues

…la identidad abarca procesos subjetivos vinculados a la percepción de los sujetos en torno a su posición social, así como sus dimensiones conductuales y relacionales. La identidad –individual o colectiva- se refiere a procesos que permiten al sujeto tener conciencia de sí mismo en determinado contexto, expresado a través de su capacidad para diferenciarse de los otros, identificarse con determinadas categorías, desarrollar sentimientos de pertenencia, mirarse de forma reflexiva y establecer narrativamente su continuidad a través de transformaciones y cambios. La identidad se produce por oposición y diferenciación del otro, pero también a partir de la similitud entre los sujetos que le son comunes cuando nos referimos a identidades colectivas… [6]

…como la identidad racial que no es más que la capacidad de reconocerse a sí mismo en función del color de la piel y actuar en consecuencia de la situación y el sistema de relaciones establecidos.[7] Siendo así, será muy común escuchar la sentencia  “yo soy negra a todo, pero con las pasas no puedo”, pues la empresa moderna no solo legó la  discriminación hacia el sujeto negro sino también hacia su belleza. “La cultura dominada por el blanco ha racializado la belleza per se en términos de la belleza blanca” [8]. Por lo que narices perfiladas, nalgas desfibradas, ojos claros y cabellos lacios se contraponen a narices ñatas, prognatismo, esteatopigia, bembas y pelo pasudo, en detrimento de los segundos cuya subvaloración ya se expresa desde el registro verbal pedestre. ¡Qué diferente sería si habláramos de nariz ancha, labios gruesos y cabello rizado por solo citar tres ejemplos!  De este modo, “el alisamiento no solo entraña los problemas psicológicos de la alienación y el odio a sí mismo, sino también la devaluación cultural de uno mismo.”[9]

Ahora bien, es válido afirmar que muchas veces los procesos de producción y transmisión de patrones de conductas racializados se dan de manera inconsciente pues el hábitus, en tanto, “subjetividad socializada”, o sea, conjunto de relaciones históricas depositadas en los cuerpos individuales en forma de esquemas mentales y corporales de percepción, apreciación y acción (…) inculca en las personas ciertas normas y valores profundamente tácitos, dados por “naturales” (…) Las consecuencias de esto son brutales, dado que el individuo, víctima de violencia simbólica[10], es oprimido eficazmente mediante la introyección hegemónica (dominación con consentimiento). [11]

Los elementos hasta aquí señalados posibilitan constatar la existencia de una problemática compleja e invisibilizada en sus múltiples formas de socialización. Por ello es menester detectar los mecanismos y factores culturales que la generan para desde ese enfoque orientar la acción descolonizadora. Debe quedar claro que nuestro sistema de relaciones sociales entraña relaciones de poder, estructuras jerárquicas que establecen constructos culturales y no naturales. Por tal motivo debemos pensar primeramente en el cabello afro –objeto de atención de este estudio- no como una moda o una tendencia perceptible durante los últimos tiempos, sino como una característica entrañable de las mujeres negras o de ascendencia negra. Un tipo de cabello natural, que por ende no debe ser censurado ni  mutilado en nombre de un blanqueamiento que menosprecia nuestra historia de lucha y resistencia, que socava el respeto hacia nosotros mismos y nuestro cuerpo[12]. No existen cabellos buenos, ni malos, solo diferentes tipos de pelo y es hora que el nuestro logre reivindicar su espacio en las sociedades contemporáneas, y en particular la cubana.

II

El individuo cuando nace no solo cuenta con su herencia biológica, sino que además, deviene portador de una subjetividad que es construida en su relación con lo social. Desde esta perspectiva, comienza a recibir conceptos, valores referenciales y patrones de comportamiento fuertemente influidos por razones de sexo, clase y color de la piel. Estas dinámicas de formación identitaria encuentran en la familia la institución primaria de transmisión de estereotipos y prejuicios asentados en el cuerpo social. Mas, la identidad se construye sobre la base de un contexto donde esta ha sido predeterminada históricamente y consecuentemente así se espera que se comporte. ¿Cuáles elementos de nuestra cultura literaria y visual han influido en la generación de un discurso racial estético? ¿Cómo se construyen y reproducen las relaciones de dominio desde la imagen y la palabra?

Un acercamiento a la literatura cubana en busca de soluciones para las anteriores interrogantes permite situarnos frente a la clásica novela Cecilia Valdés o La Loma del Ángel de Cirilo Villaverde. En este sentido, los trabajos de las destacadas investigadoras Nancy Morejón (Mito y realidad en Cecilia Valdés) y Sandra del Valle Casals (Pasar por blanca) constituyen referentes bibliográficos de gran utilidad.

La mulata Cecilia Valdés es concebida por muchos como la encarnación de nuestra identidad, asimismo, la novela es valorada como el mejor exponente literario de la sociedad colonial del siglo XlX. Siendo así, es posible dilucidar el drama de Cecilia. “Una mulata pobre que trata de escabullir la fuerza de los diques que le forjaban un futuro inmovilizado eternamente en una inminente circunstancia de explotación. Cecilia no quiere ser Cecilia. Su lucha se resume en querer alejarse, cuanto antes de su ancestro africano –esclavo-.”[13]

En el primer capítulo de la obra se percibe el proceso de blanqueamiento de la familia descendiente de esclavos a partir de las relaciones establecidas entre mujeres negras y mestizas y señores blancos. Josefa, ña Chepilla (abuela negra de Cecilia) es la madre de Charo (mulata más clara) quien en amoríos con el aristocrático Cándido Gamboa dio a luz a una niña “casi blanca”, Cecilia. La misma encontrará en las enseñanzas de la abuela el sistema de valores que engendró la sociedad esclavista. Apreciemos el siguiente ejemplo:

Cecilia: Yo estaba jugando a la lunita con Nene

Chepilla: ¡Buena pieza! Una pardita andrajosa y chancletera…No tienes que mezclarte con esos negros.

Nemesia: Esta vieja odia a los negros como si hubiera nacido en Galicia.

Chepilla: Tú pareces blanca. Mírate. Mira esa cara. ¿Ves la piel? Blanca. Y fíjate la nariz, afilada como la de una señorita. Y ese pelo, ese dice que tienes sangre blanca.

Cecilia: La piel y el pelo bueno no me sirven de nada.

Chepilla: Cuando seas una mujer y te llegue el momento de buscar marido vendrá un caballero blanco y te pedirá en matrimonio y te llevará a una casa con pisos que brillan como espejos y tendrás coche…

Cecilia: ¡Coche!

Chepilla: …y vestidos…

Cecilia: ¡De París!

Chepilla: …y yo no diré nunca que soy tu abuela y te veré de lejos, siempre de lejos.

Cecilia: Yo quiero vivir siempre contigo.

Chepilla: Oh, sí supieras lo que significa ser blanco en esta tierra.[14]

El criterio de “adelantar la raza” aún permanece vigente en el imaginario social cubano y evidentemente tiene su origen en una etapa cuyo sistema económico-social despojaba al africano de sus más mínimos valores y lo relegaba al ámbito salvaje, objetual y de deterioro físico y moral. Ello provocó que las nociones de adelantado y atrasado, así como  bueno y malo -donde el segundo aspira a alcanzar el primero- pretendiesen ser superadas mediante la adopción de cánones de belleza blancos, entre ellos: el pelo lacio.

Por ejemplo se conoce que durante la primera mitad del siglo XlX algunas esclavas que desempeñaban las labores domésticas, en las casas de los dueños, alisaron el pelo mediante la utilización de productos disponibles como la mezcla de patatas, la potasa, la manteca de cerdo y la grasa caliente. Más tarde, a la altura del siglo XX, Madame C. J. Walker popularizó el peine caliente; procedimiento que estiraba el cabello a partir de un tortuoso proceso que no solo podría generar heridas por el calor sino un desagradable olor a quemado.

Desde esta perspectiva, el largometraje de ficción Entre ciclones de Enrique Colina constituye  junto al documental Los del baile de Nicolás Guillén Landrián, unos de los pocos exponentes de este procedimiento cosmético en la cinematografía cubana. En el uno, varios elementos requieren nuestra atención: la mujer que se está pasando el peine caliente “asesino” y que manifiesta total rechazo hacia su cabello natural; así como, la otra clienta que con pelos trenzados sobre la base de extensiones proyecta, subjetivamente, su anhelo por el cabello lacio y rubio, mientras ojea una revista extranjera cuyas modelos ostentan dichos patrones. En una escena más adelante, la misma mujer aparece con una peluca rubia y es comparada con Madonna.

Por su lado en el documental a partir de un gran virtuosismo y habilidad metafórica, el autor sitúa tras la secuencia de una mujer que se pasa el peine, a otra que se contempla frente a un espejo fragmentado. Sugiere más que dice y en este sentido podríamos afirmar que radica en su quehacer un profundo sentido crítico con respecto al status quo.  

Son variadísimos los ejemplos que pudieran aquí citarse sobre la celebración de modelos blancos en la cultura visual cotidiana, entiéndase, revistas de moda, programas televisivos, anuncios publicitarios, etc. sin embargo, si quisiera cuestionar un producto audiovisual que en estos momentos se encuentra como el número uno en las listas de éxito musicales cubanas. Me refiero al videoclip La Moda de la prestigiosa orquesta cubana Van Van.

La línea argumental del mismo es sumamente sencilla: una mujer mestiza de cabello afro natural que ansía estirarse el pelo. ¿Por qué vías? Tal vez puede hacerse la queratina, pero si no le alcanza el dinero, siempre puede optar por las extensiones. La necesidad estriba en que a esta mujer nadie le hace caso, o más bien, ningún hombre le hace caso. Ella se siente invisibilizada y su realización personal no la logrará hasta que tenga su cabello lacio.

Este material que por un lado, en cuanto a significado textual de la canción pudiera alertar sobre los daños clínicos de la realización de diversos tratamientos agresivos para el pelo, se contradice completamente mediante la imagen y es ahí hacia donde tenemos que demandar la subversión de los órdenes; pues “los medios son reproductores del pensamiento dominante en cada realidad específica, constructores del universo simbólico, que van más allá de la utilización de determinados recursos expresivos o técnicos, para resultar esencialmente un proceso de producción compartida de significados a través de los cuales los individuos dotan de sentido sus experiencias.”[15] Es decir que la denuncia con respecto al tratamiento de estereotipos y prejuicios en los medios, es una tarea de primer orden, en tanto los mismos resultan un referente popular.

La Moda es un material sumamente violento y entiéndase, violencia sutil y psicológica, que resulta mucho más peligrosa porque queda enmarcada dentro de una supuesta naturalización y familiaridad, por lo que resulta más difícil su desmontaje. Justamente en él se constatan las bases del proceso que exige a la mujer cambiar la apariencia del cabello en aras de triunfar en un mundo que valorará su belleza por cuanto más se parezca al canon blanco. He aquí el imperio del pelo lacio. ¿Hasta cuándo?

III

Sería injusto ofrecer un análisis que analizara este fenómeno desde una perspectiva unidireccional, más cuando en el mismo convergen disímiles elementos históricos, psicológicos, sociales y culturales. Hasta el momento hemos evidenciado cómo se articula un pensamiento que pondera los cánones de belleza blancos, sin embargo ello resulta una visión parcializada del objeto de estudio.

De este modo se verifican diferentes acciones de resistencia: convocatorias de concursos sobre pelo natural (Belleza Afro, Colombia), creación de sitios web (Afroestilo, Afroféminas, Afromío, Afrochics, Afrohair),  labor de blogueras en la valoración y promoción de peinados (Negra Flor), elaboración de documentales (Good hair, Gente de pelo duro), series televisivas, así como atención al tema en determinadas canciones de rap cubano (Obsesión, La negra del momento) y en grupos de teatro (Trenza teatro, Colombia) que logran desmantelar el racismo estético de las mentes al revalorizar y enaltecer la belleza del cabello afro.

En el arte también se encuentran ejemplos significativos de trabajo con el pelo como elemento, sema que posibilita conectar al ser humano con sus tradiciones e historia, a saber Las dos aguas de María Magdalena Campos y Creole Portrait de Joscelyn Gardner.  La primera constituye una instalación fotográfica donde dos figuras gigantescas –imagen de la propia artista- aparecen enlazadas por cabellos que fluyen como el agua. El pelo deviene puente de enlace entre las dos regiones, América y África, camino que pretende reconstruir la historia, elemento de conexión con nuestros antepasados.

Por su parte, Joscelyn Gardner se sustenta en el estudio de documentos como diarios de viaje, publicaciones y registros de plantaciones para desde ese enfoque contar las historias silenciadas y olvidadas tras el paso de los años. Se inserta en el mundo de la mujer esclava jamaiquina a partir de la serie litográfica de retratos donde singulares y hermosos peinados vistos de espalda aparecen ceñidos por instrumentos de tortura o las plantas tropicales que utilizaban para abortar ante los embarazos producto de violaciones. La sobriedad cromática y la simplicidad de las creaciones nos posicionan frente a un arte que obliga a mirar, a entender y a concientizar.

Otro ejemplo significativo lo constituye la acción realizada por el colectivo colombiano de Costa a Costa durante el 13 Salón Regional de Artistas Región Pacífico. La misma se presentaba como proyecto curatorial Ruta de tropas y proponía desde el arte ofrecer un espacio para visibilizar y rescatar el hermoso arte del peinado. Al decir del grupo:

El conocimiento de la técnica del trenzado transita como parte notable del legado cultural de la comunidad afro; tanto para quien trenza como para quien se hace trenzar incluye un rasgo de identidad afro, y este oficio alcanza en su práctica —esencialmente en la acción— rasgos y reflejos propios de la producción artística, como la búsqueda de originalidad. “El oficio del trenzado contiene, dentro de su proceso, valoraciones estéticas. La creación empírica de diseños geométricos dotados de volumen, alcanza en el peinado una dimensión plástica. El proceso incluye el manejo cuidadoso del cabello, “material vivo” que interactúa con distintos materiales como cintas, chaquiras, cauchos y cabello sintético”. A su vez, “El trenzado era una de las estrategias de resistencia africana en su lucha por la libertad en el período de la esclavitud en América[16]

Desde esta perspectiva el concurso de cabello natural afro Lo llevamos rizo llevado a cabo por la artista visual Susana Pilar Delahante Matienzo, en el marco de la 12ma Bienal de La Habana,  se inserta dentro de esta tendencia descolonizadora, no solo por contribuir a la apreciación del cabello natural y la diversidad cultural sino además, por crear el espacio de inclusión, el escenario social que posibilita mirarnos frente al espejo.

[1] Se entiende por cabello afro aquel que se caracteriza por tener una textura abultada y ser generalmente seco. Asimismo puede encontrarse con asiduidad en las personas de color de piel negra, aunque no es exclusivo de ellas.

[2] En nuestra vida cotidiana intervienen constantemente numerosos rituales que percibimos como parte de nuestra cultura. Entre ellos: los bautizos, los casamientos, los pésames, las visitas, los entierros, las fiestas de cumpleaños, los quince, etc.  Los rituales son prácticas sociales simbólicas que tienen por objeto recrear a la comunidad, reuniéndola en la celebración de un acontecimiento. El rito revive la cohesión del grupo y por lo tanto también contribuye a la construcción de su identidad. Por lo antes expuesto podemos aseverar, que los ritos devienen puente de enlace entre el ser individual y el ser social. El individuo se inserta, y en cierta medida es presionado por hechos sociales cuyos símbolos y mensajes reproducen actitudes racistas, sexistas y geocéntricas. Al respecto es válido llamar la atención sobre como el alisamiento del cabello constituye históricamente para las mujeres con pelo afro un momento de intimidad. Un espacio donde, encontradas en el hogar, podrían conversar unas con otras, entre otras cosas, sobre las características de su cabellera. Vid.  Alexandra Álvarez Muro. “Los rituales” en, Cortesía y descortesía: teoría y praxis de un sistema de significación. Estudios de Lingüística del Español (ELiEs). http://elies.rediris.es  Consultado el lunes 16 de junio de 2014. Hora: 11: 20 am.

[3] Este saber cotidiano de sentido común se expresa en la familia, la escuela, la comunidad y las diferentes organizaciones e instituciones. Las mismas enarbolan las exigencias sociales a las que las personas se integran ya sea por identificación con las características propias o como objetivos a alcanzar.

[4] Bell Hooks (bell hooks) es el seudónimo de Gloria Watkins, quien firmaba utilizando letras minúsculas.

[5] Vid. bell hooks. “Alisando nuestro pelo”, en La Gaceta de Cuba. (La Habana). No. 1. enero-febrero, 2005.

[6] Vid. Carolina de la Torre Molina. Las identidades. Una mirada desde la sicología. La Habana, Centro de Investigación Cultural Juan Marinello, 2001. Citado en Helen Hernández Hormilla. Mujeres en crisis; Aproximaciones a lo femenino en las narradoras cubanas de los noventa.  La Habana, Centro Félix Varela. Publicaciones Acuario, 2011, p. 44.

[7] Vid. Zuleica Romay. Elogio de la altea o las paradojas de la racialidad. La Habana, Fondo Editorial Casa de las Américas, 2014, p. 152.

[8] Vid. Paul C. Taylor. “El desriz de Malcom y los colores de Danto; o cuatro peticiones lógicas concernientes a la raza, la belleza y…”, en Criterios. (La Habana). No. 34. 2003.

[9] Vid. Richard Dyer. “La cuestión de la blancura”, en Criterios. (La Habana). No. 34. 2003.

[10] La violencia simbólica, según Bourdieu en La dominación masculina, impone una coerción que se instituye por medio del reconocimiento extorsionado que el dominado no puede dejar de prestar al dominante al no disponer, para pensarlo y pensarse, más que de instrumentos de conocimiento que tiene en común con él y que no son otra cosa que la forma incorporada de la relación de dominio.

[11] Vid. Pierre Bourdieu y el concepto de hábitus en Marta Lamas. “Diferencias de sexo, género y diferencia sexual”, en Cuicuilco. (México). Año/Vol 7, No. 018, enero-abril, 2000.

[12] Todo lo social es vivenciado en el cuerpo. El cuerpo es el reservorio donde la sociedad impone acuerdos y prácticas psicolegales y coercitivas y donde la subjetividad también se manifiesta. El término embodiment refiere el cuerpo como representación y como forma de ser en el mundo, en la medida que en él se constatan las prescripciones culturales. Vid. Marta Lamas. Op. Cit.

[13] Vid. Nancy Morejón. “Mito y realidad en Cecilia Valdés” en, Ensayos. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2005, p. 11.

[14] Citado en Sandra del Valle Casals. Pasar por blanca, en Daysi Rubiera Castillo e Inés María Martiatu Terry (compiladoras). Afrocubanas. La Habana, Editorial Ciencias Sociales, 2011, p. 190.

[15] Vid. Isabel Moya Richard. Sin contraseña; Discurso mediático y transgresión. Madrid, AMECO, 2010, p. 25.

[16] De costa a costa. Premisa del proyecto curatorial Ruta de tropas.

Mirarse ante el espejo. Estética e identidad de las mujeres con cabello afro.

Conferencia impartida el 3 de junio de 2015, 3: 30 pm, en el Salón de Mayo del Pabellón Cuba como parte del proyecto de la artista Susana Pilar Delahante Matienzo Lo llevamos rizo (Exposición Between, Inside, Outside, 12ma Bienal de La Habana)

I

Cuando pensaba escribir estas líneas me exigía a mí misma, no contar mi experiencia personal; pues uno de los elementos que tipifica la bibliografía consultada es el profundo carácter autorreferencial y anecdótico de los textos. Todos ellos, escritos en su mayoría por mujeres, describen los procesos culturales e históricos mediante los cuales ellas han conformado su identidad y consecuentemente, su imagen. Más, me resultaba de gran interés hallar historias comunes, experiencias de vida que visibilizaban una problemática existente tanto en África como en su diáspora. Siendo así, por qué no compartir mis vivencias y con ello agregar al libro de los nombres de nuestras predecesoras, otro ejemplo de liberación.

Por esta fecha, hace ya un año, decidí cortarme el cabello y dejar que me creciera natural. Hasta ese momento, había sufrido los embates del desriz de potasa y las “ventajas” de una larga cabellera a base de extensiones. Recuerdo que cuando me aparecí con aquellos pelos falsos, una amiga mía –más avispada en estos temas que yo- me dijo que para qué me había puesto aquello, que por qué no me dejaba mi cabello natural. Para mí no existía esa posibilidad. Desde los tres años mi mamá me alisaba y si bien de chiquita no tenía conciencia de ello, si recuerdo que ya de grande no existía para mí mayor tortura. Las extensiones eran una vía de escape, un medio que me liberaba del odiado desriz. Sin embargo, no era capaz de sentirme cómoda conmigo misma. Algo me faltaba o más bien, me sobraba y como un acto de exorcismo me levanté un día y me corté el pelo. Aquello fue un escándalo en la familia, pero para mí, marcó el inicio de otra etapa.

Para las mujeres negras o de ascendencia negra el alisamiento del pelo es un ritual[2] anhelado desde temprana edad. Cuando pequeñas nuestras madres nos trenzan el cabello como símbolo de la infantil inocencia, mientras entre jalones y tirones se nos inculca que “para lucir hay que sufrir”. Nuestra obsesión por el cabello se expresa en la medida que lo consideramos nuestro adversario, un problema a resolver, una parte de nuestro cuerpo que debe ser controlada.  Sin embargo, no proporciona su aplacamiento una mayor tranquilidad, sino que las preocupaciones y/o tensiones aumentan en aras de mantenerlo ordenado y que las otras personas no presten demasiada atención hacia él. Consecuentemente, se suceden diversos tratamientos –variables en cuanto nivel de sofisticación, precios, así como perjuicios capilares- que constituyen un mercado lucrativo para aquellos que se aprovechan de las inseguridades de las mujeres y los hombres con cabello afro.

El miedo a reconocerse con los rizos naturales es disimulado con justificaciones pueriles como: se necesita mucho trabajo para peinarlo o no me va a quedar bien porque mi estructura facial no es apropiada. No obstante, en el fondo se esconde el temor a perder la aprobación y el respeto de otras personas, pues los patrones estéticos del canon blanco occidental, permanecen arraigados como el deber ser en el imaginario social.

Al respecto, huelga señalar algunas consideraciones de Pierre Bourdieu sobre las oposiciones binarias mediante la cual se estructura el pensamiento: grande/pequeño, afuera/adentro, razón/sentimiento, hombre/mujer, cultura/naturaleza, blanco/negro, et. alt.  Estructuras cognitivas que, al decir del autor, se traducen en “esquemas no pensados de pensamiento” que entrañan relaciones de poder y donde la acepción dominante/dominado se concibe como natural. En este sentido, la discriminación racial no se expresa de manera directa e inmediata sino que se refieren prácticas camufladas y leves que por sutiles comienzan a impregnar el entretejido social: ella es negra por fuera y “blanca por dentro”, mulatica de “pelo bueno”, vamos a “pensar como los blancos”, etc. Estas frases son escuchadas constantemente en el argot popular sin que los emisores ni los receptores logren desentrañar en ellas un racismo inoculado; debido a que los contenidos asignados y asumidos generan un saber cotidiano[3] cuya rutina e interacción ordenada con las diferentes personas permite tomarlo como una verdad dada (Representación social). Dice bell hooks[4] que “aunque las mujeres negras con pelo lacio eran percibidas como más hermosas que las que tenían el pelo grueso, rizado, eso no era relacionado abiertamente con la idea de que las mujeres blancas eran un grupo femenino más atractivo o de que su pelo lacio establecía un patrón de belleza que las mujeres negras estaban luchando por llevar a la práctica”.[5]

Desde esta perspectiva, sería arbitrario atender solo el componente social y no también el psicológico pues

…la identidad abarca procesos subjetivos vinculados a la percepción de los sujetos en torno a su posición social, así como sus dimensiones conductuales y relacionales. La identidad –individual o colectiva- se refiere a procesos que permiten al sujeto tener conciencia de sí mismo en determinado contexto, expresado a través de su capacidad para diferenciarse de los otros, identificarse con determinadas categorías, desarrollar sentimientos de pertenencia, mirarse de forma reflexiva y establecer narrativamente su continuidad a través de transformaciones y cambios. La identidad se produce por oposición y diferenciación del otro, pero también a partir de la similitud entre los sujetos que le son comunes cuando nos referimos a identidades colectivas… [6]

…como la identidad racial que no es más que la capacidad de reconocerse a sí mismo en función del color de la piel y actuar en consecuencia de la situación y el sistema de relaciones establecidos.[7] Siendo así, será muy común escuchar la sentencia  “yo soy negra a todo, pero con las pasas no puedo”, pues la empresa moderna no solo legó la  discriminación hacia el sujeto negro sino también hacia su belleza. “La cultura dominada por el blanco ha racializado la belleza per se en términos de la belleza blanca” [8]. Por lo que narices perfiladas, nalgas desfibradas, ojos claros y cabellos lacios se contraponen a narices ñatas, prognatismo, esteatopigia, bembas y pelo pasudo, en detrimento de los segundos cuya subvaloración ya se expresa desde el registro verbal pedestre. ¡Qué diferente sería si habláramos de nariz ancha, labios gruesos y cabello rizado por solo citar tres ejemplos!  De este modo, “el alisamiento no solo entraña los problemas psicológicos de la alienación y el odio a sí mismo, sino también la devaluación cultural de uno mismo.”[9]

Ahora bien, es válido afirmar que muchas veces los procesos de producción y transmisión de patrones de conductas racializados se dan de manera inconsciente pues el hábitus, en tanto, “subjetividad socializada”, o sea, conjunto de relaciones históricas depositadas en los cuerpos individuales en forma de esquemas mentales y corporales de percepción, apreciación y acción (…) inculca en las personas ciertas normas y valores profundamente tácitos, dados por “naturales” (…) Las consecuencias de esto son brutales, dado que el individuo, víctima de violencia simbólica[10], es oprimido eficazmente mediante la introyección hegemónica (dominación con consentimiento). [11]

Los elementos hasta aquí señalados posibilitan constatar la existencia de una problemática compleja e invisibilizada en sus múltiples formas de socialización. Por ello es menester detectar los mecanismos y factores culturales que la generan para desde ese enfoque orientar la acción descolonizadora. Debe quedar claro que nuestro sistema de relaciones sociales entraña relaciones de poder, estructuras jerárquicas que establecen constructos culturales y no naturales. Por tal motivo debemos pensar primeramente en el cabello afro –objeto de atención de este estudio- no como una moda o una tendencia perceptible durante los últimos tiempos, sino como una característica entrañable de las mujeres negras o de ascendencia negra. Un tipo de cabello natural, que por ende no debe ser censurado ni  mutilado en nombre de un blanqueamiento que menosprecia nuestra historia de lucha y resistencia, que socava el respeto hacia nosotros mismos y nuestro cuerpo[12]. No existen cabellos buenos, ni malos, solo diferentes tipos de pelo y es hora que el nuestro logre reivindicar su espacio en las sociedades contemporáneas, y en particular la cubana.

For privacy reasons YouTube needs your permission to be loaded. For more details, please see our Privacy Policy.
I Accept

II

El individuo cuando nace no solo cuenta con su herencia biológica, sino que además, deviene portador de una subjetividad que es construida en su relación con lo social. Desde esta perspectiva, comienza a recibir conceptos, valores referenciales y patrones de comportamiento fuertemente influidos por razones de sexo, clase y color de la piel. Estas dinámicas de formación identitaria encuentran en la familia la institución primaria de transmisión de estereotipos y prejuicios asentados en el cuerpo social. Mas, la identidad se construye sobre la base de un contexto donde esta ha sido predeterminada históricamente y consecuentemente así se espera que se comporte. ¿Cuáles elementos de nuestra cultura literaria y visual han influido en la generación de un discurso racial estético? ¿Cómo se construyen y reproducen las relaciones de dominio desde la imagen y la palabra?

Un acercamiento a la literatura cubana en busca de soluciones para las anteriores interrogantes permite situarnos frente a la clásica novela Cecilia Valdés o La Loma del Ángel de Cirilo Villaverde. En este sentido, los trabajos de las destacadas investigadoras Nancy Morejón (Mito y realidad en Cecilia Valdés) y Sandra del Valle Casals (Pasar por blanca) constituyen referentes bibliográficos de gran utilidad.

La mulata Cecilia Valdés es concebida por muchos como la encarnación de nuestra identidad, asimismo, la novela es valorada como el mejor exponente literario de la sociedad colonial del siglo XlX. Siendo así, es posible dilucidar el drama de Cecilia. “Una mulata pobre que trata de escabullir la fuerza de los diques que le forjaban un futuro inmovilizado eternamente en una inminente circunstancia de explotación. Cecilia no quiere ser Cecilia. Su lucha se resume en querer alejarse, cuanto antes de su ancestro africano –esclavo-.”[13]

En el primer capítulo de la obra se percibe el proceso de blanqueamiento de la familia descendiente de esclavos a partir de las relaciones establecidas entre mujeres negras y mestizas y señores blancos. Josefa, ña Chepilla (abuela negra de Cecilia) es la madre de Charo (mulata más clara) quien en amoríos con el aristocrático Cándido Gamboa dio a luz a una niña “casi blanca”, Cecilia. La misma encontrará en las enseñanzas de la abuela el sistema de valores que engendró la sociedad esclavista. Apreciemos el siguiente ejemplo:

Cecilia: Yo estaba jugando a la lunita con Nene

Chepilla: ¡Buena pieza! Una pardita andrajosa y chancletera…No tienes que mezclarte con esos negros.

Nemesia: Esta vieja odia a los negros como si hubiera nacido en Galicia.

Chepilla: Tú pareces blanca. Mírate. Mira esa cara. ¿Ves la piel? Blanca. Y fíjate la nariz, afilada como la de una señorita. Y ese pelo, ese dice que tienes sangre blanca.

Cecilia: La piel y el pelo bueno no me sirven de nada.

Chepilla: Cuando seas una mujer y te llegue el momento de buscar marido vendrá un caballero blanco y te pedirá en matrimonio y te llevará a una casa con pisos que brillan como espejos y tendrás coche…

Cecilia: ¡Coche!

Chepilla: …y vestidos…

Cecilia: ¡De París!

Chepilla: …y yo no diré nunca que soy tu abuela y te veré de lejos, siempre de lejos.

Cecilia: Yo quiero vivir siempre contigo.

Chepilla: Oh, sí supieras lo que significa ser blanco en esta tierra.[14]

El criterio de “adelantar la raza” aún permanece vigente en el imaginario social cubano y evidentemente tiene su origen en una etapa cuyo sistema económico-social despojaba al africano de sus más mínimos valores y lo relegaba al ámbito salvaje, objetual y de deterioro físico y moral. Ello provocó que las nociones de adelantado y atrasado, así como  bueno y malo -donde el segundo aspira a alcanzar el primero- pretendiesen ser superadas mediante la adopción de cánones de belleza blancos, entre ellos: el pelo lacio.

Por ejemplo se conoce que durante la primera mitad del siglo XlX algunas esclavas que desempeñaban las labores domésticas, en las casas de los dueños, alisaron el pelo mediante la utilización de productos disponibles como la mezcla de patatas, la potasa, la manteca de cerdo y la grasa caliente. Más tarde, a la altura del siglo XX, Madame C. J. Walker popularizó el peine caliente; procedimiento que estiraba el cabello a partir de un tortuoso proceso que no solo podría generar heridas por el calor sino un desagradable olor a quemado.

Desde esta perspectiva, el largometraje de ficción Entre ciclones de Enrique Colina constituye  junto al documental Los del baile de Nicolás Guillén Landrián, unos de los pocos exponentes de este procedimiento cosmético en la cinematografía cubana. En el uno, varios elementos requieren nuestra atención: la mujer que se está pasando el peine caliente “asesino” y que manifiesta total rechazo hacia su cabello natural; así como, la otra clienta que con pelos trenzados sobre la base de extensiones proyecta, subjetivamente, su anhelo por el cabello lacio y rubio, mientras ojea una revista extranjera cuyas modelos ostentan dichos patrones. En una escena más adelante, la misma mujer aparece con una peluca rubia y es comparada con Madonna.

Por su lado en el documental a partir de un gran virtuosismo y habilidad metafórica, el autor sitúa tras la secuencia de una mujer que se pasa el peine, a otra que se contempla frente a un espejo fragmentado. Sugiere más que dice y en este sentido podríamos afirmar que radica en su quehacer un profundo sentido crítico con respecto al status quo.  

Son variadísimos los ejemplos que pudieran aquí citarse sobre la celebración de modelos blancos en la cultura visual cotidiana, entiéndase, revistas de moda, programas televisivos, anuncios publicitarios, etc. sin embargo, si quisiera cuestionar un producto audiovisual que en estos momentos se encuentra como el número uno en las listas de éxito musicales cubanas. Me refiero al videoclip La Moda de la prestigiosa orquesta cubana Van Van.

La línea argumental del mismo es sumamente sencilla: una mujer mestiza de cabello afro natural que ansía estirarse el pelo. ¿Por qué vías? Tal vez puede hacerse la queratina, pero si no le alcanza el dinero, siempre puede optar por las extensiones. La necesidad estriba en que a esta mujer nadie le hace caso, o más bien, ningún hombre le hace caso. Ella se siente invisibilizada y su realización personal no la logrará hasta que tenga su cabello lacio.

Este material que por un lado, en cuanto a significado textual de la canción pudiera alertar sobre los daños clínicos de la realización de diversos tratamientos agresivos para el pelo, se contradice completamente mediante la imagen y es ahí hacia donde tenemos que demandar la subversión de los órdenes; pues “los medios son reproductores del pensamiento dominante en cada realidad específica, constructores del universo simbólico, que van más allá de la utilización de determinados recursos expresivos o técnicos, para resultar esencialmente un proceso de producción compartida de significados a través de los cuales los individuos dotan de sentido sus experiencias.”[15] Es decir que la denuncia con respecto al tratamiento de estereotipos y prejuicios en los medios, es una tarea de primer orden, en tanto los mismos resultan un referente popular.

La Moda es un material sumamente violento y entiéndase, violencia sutil y psicológica, que resulta mucho más peligrosa porque queda enmarcada dentro de una supuesta naturalización y familiaridad, por lo que resulta más difícil su desmontaje. Justamente en él se constatan las bases del proceso que exige a la mujer cambiar la apariencia del cabello en aras de triunfar en un mundo que valorará su belleza por cuanto más se parezca al canon blanco. He aquí el imperio del pelo lacio. ¿Hasta cuándo?

III

Sería injusto ofrecer un análisis que analizara este fenómeno desde una perspectiva unidireccional, más cuando en el mismo convergen disímiles elementos históricos, psicológicos, sociales y culturales. Hasta el momento hemos evidenciado cómo se articula un pensamiento que pondera los cánones de belleza blancos, sin embargo ello resulta una visión parcializada del objeto de estudio.

De este modo se verifican diferentes acciones de resistencia: convocatorias de concursos sobre pelo natural (Belleza Afro, Colombia), creación de sitios web (Afroestilo, Afroféminas, Afromío, Afrochics, Afrohair),  labor de blogueras en la valoración y promoción de peinados (Negra Flor), elaboración de documentales (Good hair, Gente de pelo duro), series televisivas, así como atención al tema en determinadas canciones de rap cubano (Obsesión, La negra del momento) y en grupos de teatro (Trenza teatro, Colombia) que logran desmantelar el racismo estético de las mentes al revalorizar y enaltecer la belleza del cabello afro.

En el arte también se encuentran ejemplos significativos de trabajo con el pelo como elemento, sema que posibilita conectar al ser humano con sus tradiciones e historia, a saber Las dos aguas de María Magdalena Campos y Creole Portrait de Joscelyn Gardner.  La primera constituye una instalación fotográfica donde dos figuras gigantescas –imagen de la propia artista- aparecen enlazadas por cabellos que fluyen como el agua. El pelo deviene puente de enlace entre las dos regiones, América y África, camino que pretende reconstruir la historia, elemento de conexión con nuestros antepasados.

Por su parte, Joscelyn Gardner se sustenta en el estudio de documentos como diarios de viaje, publicaciones y registros de plantaciones para desde ese enfoque contar las historias silenciadas y olvidadas tras el paso de los años. Se inserta en el mundo de la mujer esclava jamaiquina a partir de la serie litográfica de retratos donde singulares y hermosos peinados vistos de espalda aparecen ceñidos por instrumentos de tortura o las plantas tropicales que utilizaban para abortar ante los embarazos producto de violaciones. La sobriedad cromática y la simplicidad de las creaciones nos posicionan frente a un arte que obliga a mirar, a entender y a concientizar.

Otro ejemplo significativo lo constituye la acción realizada por el colectivo colombiano de Costa a Costa durante el 13 Salón Regional de Artistas Región Pacífico. La misma se presentaba como proyecto curatorial Ruta de tropas y proponía desde el arte ofrecer un espacio para visibilizar y rescatar el hermoso arte del peinado. Al decir del grupo:

El conocimiento de la técnica del trenzado transita como parte notable del legado cultural de la comunidad afro; tanto para quien trenza como para quien se hace trenzar incluye un rasgo de identidad afro, y este oficio alcanza en su práctica —esencialmente en la acción— rasgos y reflejos propios de la producción artística, como la búsqueda de originalidad. “El oficio del trenzado contiene, dentro de su proceso, valoraciones estéticas. La creación empírica de diseños geométricos dotados de volumen, alcanza en el peinado una dimensión plástica. El proceso incluye el manejo cuidadoso del cabello, “material vivo” que interactúa con distintos materiales como cintas, chaquiras, cauchos y cabello sintético”. A su vez, “El trenzado era una de las estrategias de resistencia africana en su lucha por la libertad en el período de la esclavitud en América[16]

Desde esta perspectiva el concurso de cabello natural afro Lo llevamos rizo llevado a cabo por la artista visual Susana Pilar Delahante Matienzo, en el marco de la 12ma Bienal de La Habana,  se inserta dentro de esta tendencia descolonizadora, no solo por contribuir a la apreciación del cabello natural y la diversidad cultural sino además, por crear el espacio de inclusión, el escenario social que posibilita mirarnos frente al espejo.

[1] Se entiende por cabello afro aquel que se caracteriza por tener una textura abultada y ser generalmente seco. Asimismo puede encontrarse con asiduidad en las personas de color de piel negra, aunque no es exclusivo de ellas.

[2] En nuestra vida cotidiana intervienen constantemente numerosos rituales que percibimos como parte de nuestra cultura. Entre ellos: los bautizos, los casamientos, los pésames, las visitas, los entierros, las fiestas de cumpleaños, los quince, etc.  Los rituales son prácticas sociales simbólicas que tienen por objeto recrear a la comunidad, reuniéndola en la celebración de un acontecimiento. El rito revive la cohesión del grupo y por lo tanto también contribuye a la construcción de su identidad. Por lo antes expuesto podemos aseverar, que los ritos devienen puente de enlace entre el ser individual y el ser social. El individuo se inserta, y en cierta medida es presionado por hechos sociales cuyos símbolos y mensajes reproducen actitudes racistas, sexistas y geocéntricas. Al respecto es válido llamar la atención sobre como el alisamiento del cabello constituye históricamente para las mujeres con pelo afro un momento de intimidad. Un espacio donde, encontradas en el hogar, podrían conversar unas con otras, entre otras cosas, sobre las características de su cabellera. Vid.  Alexandra Álvarez Muro. “Los rituales” en, Cortesía y descortesía: teoría y praxis de un sistema de significación. Estudios de Lingüística del Español (ELiEs). http://elies.rediris.es  Consultado el lunes 16 de junio de 2014. Hora: 11: 20 am.

[3] Este saber cotidiano de sentido común se expresa en la familia, la escuela, la comunidad y las diferentes organizaciones e instituciones. Las mismas enarbolan las exigencias sociales a las que las personas se integran ya sea por identificación con las características propias o como objetivos a alcanzar.

[4] Bell Hooks (bell hooks) es el seudónimo de Gloria Watkins, quien firmaba utilizando letras minúsculas.

[5] Vid. bell hooks. “Alisando nuestro pelo”, en La Gaceta de Cuba. (La Habana). No. 1. enero-febrero, 2005.

[6] Vid. Carolina de la Torre Molina. Las identidades. Una mirada desde la sicología. La Habana, Centro de Investigación Cultural Juan Marinello, 2001. Citado en Helen Hernández Hormilla. Mujeres en crisis; Aproximaciones a lo femenino en las narradoras cubanas de los noventa.  La Habana, Centro Félix Varela. Publicaciones Acuario, 2011, p. 44.

[7] Vid. Zuleica Romay. Elogio de la altea o las paradojas de la racialidad. La Habana, Fondo Editorial Casa de las Américas, 2014, p. 152.

[8] Vid. Paul C. Taylor. “El desriz de Malcom y los colores de Danto; o cuatro peticiones lógicas concernientes a la raza, la belleza y…”, en Criterios. (La Habana). No. 34. 2003.

[9] Vid. Richard Dyer. “La cuestión de la blancura”, en Criterios. (La Habana). No. 34. 2003.

[10] La violencia simbólica, según Bourdieu en La dominación masculina, impone una coerción que se instituye por medio del reconocimiento extorsionado que el dominado no puede dejar de prestar al dominante al no disponer, para pensarlo y pensarse, más que de instrumentos de conocimiento que tiene en común con él y que no son otra cosa que la forma incorporada de la relación de dominio.

[11] Vid. Pierre Bourdieu y el concepto de hábitus en Marta Lamas. “Diferencias de sexo, género y diferencia sexual”, en Cuicuilco. (México). Año/Vol 7, No. 018, enero-abril, 2000.

[12] Todo lo social es vivenciado en el cuerpo. El cuerpo es el reservorio donde la sociedad impone acuerdos y prácticas psicolegales y coercitivas y donde la subjetividad también se manifiesta. El término embodiment refiere el cuerpo como representación y como forma de ser en el mundo, en la medida que en él se constatan las prescripciones culturales. Vid. Marta Lamas. Op. Cit.

[13] Vid. Nancy Morejón. “Mito y realidad en Cecilia Valdés” en, Ensayos. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2005, p. 11.

[14] Citado en Sandra del Valle Casals. Pasar por blanca, en Daysi Rubiera Castillo e Inés María Martiatu Terry (compiladoras). Afrocubanas. La Habana, Editorial Ciencias Sociales, 2011, p. 190.

[15] Vid. Isabel Moya Richard. Sin contraseña; Discurso mediático y transgresión. Madrid, AMECO, 2010, p. 25.

[16] De costa a costa. Premisa del proyecto curatorial Ruta de tropas.